CÓMO PRACTICAR ZAZÉN

LA POSTURA DEL DESPERTAR




Para la práctica de zazén hay suficiente con una habitación silenciosa, dice Dogén. Y aunque no sea silenciosa, porque en la vida cotidiana hay constantemente ruidos de tráfico, vecinos, obras, etc., sí que conviene que al menos sea apartada, donde uno pueda sentarse sin excesivas distracciones, en un ambiente tranquilo y lo más confortable posible: ni caluroso en verano, ni glacial en invierno, pues esas circunstancias podrían desviar excesivamente nuestra atención.


En definitiva, los ruidos, como el calor o el frío, son como los pensamientos: hay que dejar pasar y saber concentrarse en la postura. El estado silencioso es lo óptimo, evidentemente, pero la vida no siempre lo permite, y no hay que negar la vida sino saber dialogar con ella. Esa ya es la primera enseñanza antes incluso de sentarse. O sea, que si el entorno no es propicio al 100%, aceptemos tal cual es y armonicémonos con él.

Cuenta el maestro Deshimaru en su biografía que, durante la II Guerra Mundial, incluso se puso a meditar en un barco que sufría los ataques de un bombardeo. Eso es un caso extremo, naturalmente, pero con la práctica aprenderemos a meditar en casa y con niños, en el trabajo, en el metro, en la consulta del médico, o andando. El lugar será importante, pero no tanto como nuestra propia actitud y determinación por meditar.

Cómo se practica zazén


El verdadero Zen consiste en sentarse tranquilamente en la postura correcta, dice el maestro Deshimaru. Aquí daremos unas normas básicas. Seguro que un practicante avezado echará en falta a algunas. Pero se ha abreviado a fin de que el practicante que se acerca al Zen entienda mejor y no intente fijar su atención en lo accesorio y sí en cambio en lo fundamental, que es la postura. Sin una postura adecuada no hay meditación adecuada.

LA POSTURA


El cuerpo

Así, situados frente a la pared y sentados sobre el zafu, más bien de la mitad hacia adelante, pondremos en posición nuestras piernas. La posición óptima es la del loto: la pierna derecha se dobla y el pie reposa sobre el muslo izquierdo, y a continuación se dobla la izquierda cruzándose con la anterior, para situar el pie izquierdo sobre el muslo derecho.

Cada cual sabe de las posibilidades y de las limitaciones de su cuerpo. Quien pueda hacer el loto completo, que lo haga aunque eso le suponga un esfuerzo. El Zen es una vía de esfuerzo, no se olvide. Quien no pueda, que haga el medio loto: una pierna dobla y el pie reposa en un muslo, y la otra pierna reposa en el suelo. Y aún dos posturas más: la birmana, con las dos piernas dobladas reposando en el suelo; y la seiza, con las dos piernas dobladas bajo nuestro y nosotros sentados sobre los talones.

El objeto de esa posición es lograr componer un trípode bajo nuestro cuerpo, de manera que las dos rodillas reposen en el suelo, y nuestros glúteos en el zafu. Ese trípode dará estabilidad a nuestro cuerpo y permitirá que nuestra columna vertebral se sitúe vertical, con lo que evitaremos por un lado dolores en la espalda y ayudaremos al fluir de la respiración ya que no tendremos en pecho encogido. La pelvis estará ligeramente basculada hacia adelante a fin de favorecer la verticalidad de la espalda.

Para aquellas personas mayores o con discapacidad [o si vamos en tren o metro, por ejemplo] se puede meditar sentado a la europea, en silla. Para ello nos sentaremos en el asiento (con zafu o sin zafu) sin apoyarnos en el respaldo, con las piernas paralelas y las plantas de los pies asentadas en el suelo.

Las manos

Nuestras manos se pondrán en el mudra de la meditación, que en el Zen Soto es de la siguiente forma: los brazos caen relajadamente por los lados del cuerpo, las palmas reposan en las ingles y se doblan hacia arriba a la altura de nuestro vientre. La palma derecha va debajo, y sobre ella reposa el dorso de la izquierda, cuya palma mira arriba. Los pulgares se tocan por la yema de los dedos, levemente, como si quisieran sostener un papel de fumar, en posición horizontal. Es importante que los brazos se hallen relajados, que no tensionen ni los hombros ni la espalda, que las manos reposen en el regazo [si los brazos son cortos y no llegan a nuestros muslos, antes que las manos queden flotando mejor situar debajo de ellas un grueso de toalla, por ejemplo, para que las eleve], y que los pulgares se mantengan horizontales.

¿Por qué las manos así? Hay tradiciones budistas que sitúan la izquierda debajo y la derecha encima, o incluso una junto a la otra, nudillos contra nudillos. En el Soto Zen se hace así, la derecha sostiene a la izquierda. Según el maestro Kodo Sawaki ello es así porque la derecha es que está habituada a trabajar, representa el cuerpo, mientras que la izquierda suele estar más tranquila y, por tanto, representa a nuestro espíritu. El cuerpo sostiene al espíritu.

Si las falanges de los pulgares se hunden formando un valle, significará que somos presa de sentimientos negativos, depresivos o, sencillamente, que nos estamos durmiendo. Y si por el contrario nuestros pulgares se elevan formando un pico significará que estamos agitados, nerviosos, inquietos… ser conscientes en todo momento de la postura horizontal de nuestros pulgares significará ser conscientes de lo que estamos haciendo. El cuerpo controla la mente. Ahora y aquí.

La cabeza

Gracias a la postura correcta de las piernas mantendremos la postura correcta de la columna, y con esta la de la cabeza. Esta se mantendrá con el mentón ligeramente entrado. La nariz en la vertical de nuestro ombligo. Las orejas, en la horizontal de nuestros hombros. La nuca estirada, como si quisiéramos tocar el cielo con la cabeza mientras las rodillas se afianzan en el suelo.

Los ojos, medio entornados, mantendrán la mirada hacia el suelo con una inclinación de unos 45º, situándola aproximadamente a un metro de distancia. En la postura de ojos medio cerrados, los ojos se lubrifican naturalmente y no hay que ir parpadeando a medida que se nos secan.

La boca estará cerrada. La lengua pegada al paladar. La mandíbula sin apretar. En esa posición, nuestra boca drenará naturalmente la salivación y no serán necesarios movimientos de tragar.

La respiración

La respiración se efectuará exclusivamente por la nariz. Relajada y profundamente. Inspiraremos y luego espiraremos lentamente el aire, tan lento como en el mugido de una vaca. Sin que nadie se quede con los números, más o menos la secuencia sería: 6 segundos de inspiración, 1 ó 2 de retención del aire en nuestro interior, y 9 segundos de espiración. Aunque todo depende de la capacidad pulmonar de cada uno. El maestro Taisén Deshimaru, por ejemplo, cuenta que él era capaz de estar espirando durante 1 minuto.

Primero seremos conscientes de ese movimiento, luego el respirar se hará automático. Respirando por la nariz también evitaremos que se nos seque la garganta y eso nos desconcentre.

En zazén, la respiración es ventral. Cuando inspiremos, forzaremos que nuestro vientre se hinche. Cuando espiremos, apretaremos nuestro vientre para expulsar el aire. Primero, todos esos movimientos se efectúan conscientemente, a medida que avancemos en nuestra práctica, todo se producirá naturalmente.

El movimiento ventral efectúa sin quererlo un movimiento de masaje a nuestro bajo vientre, de manera que este punto, centro de paso de multitud de nudos nerviosos y vitales, se relajará y con ello todo nuestro cuerpo. Según la ciencia chino-japonesa tradicional, en esa zona del bajo vientre reside el Ki [o Qi], la energía cósmica que nos impulsa, fuente de nuestra vida. Por eso es importante ese tipo de respiración.

[Al final se adjuntan imágenes de las posturas]


ESTADO DE LA MENTE

Pensar sín pensar

Obtenida la postura, esencial como se ve para llevar a término una buena meditación, pues nada es baladí, nos surgirán los pensamientos. Éstos no los podemos parar porque no podemos parar a nuestro cerebro, que sólo la muerte lo para. Entonces, nuestra actitud será la de dejar pasar. No pararnos en nuestros pensamientos, no seguir su lógica (o ilógica) discursiva. Pero tampoco oponernos a ellos generando un contra pensamiento o una negación sistemática de los mismos. No hay que intentar visualizaciones, ni fijar la mente en ningún concepto u objeto, ni esforzarse por ponerla en blanco, puesto que hay que ser conscientes en todo momento de dónde estamos y de la perfección de nuestra postura. Los pensamientos nos vienen, pero no hay que detenerse en ellos, hay que dejarlos pasar. Somos como una montaña, y nuestros pensamientos son como nubes que llegan, la atraviesan y se van. Nuestra conciencia debe ser la de hishiryo: pensar sin pensar. Situándonos más allá de cualquier pensamiento. Dejar pasar…

Así, conduciendo adecuadamente a nuestro cuerpo a meditar, relajaremos nuestra mente saltarina. Apaciguando nuestra mente, apaciguaremos nuestro espíritu. Se nos hará la claridad. Miraremos la luna directamente hacia su disco plateado, no estaremos mirando su reflejo en la superficie de un pozal.


Hishiryo, pensar sin pensar


EL ESPÍRITU DE PRÁCTICA

Mushotoku, sin beneficio

Sin perseguir ningún objetivo. Sin querer acabar con nada. Sin querer conseguir nada. Sin odiar nada. Sin amar nada. ¡Mushotoku!, nada que obtener. Sólo así conseguiremos algo… cuando ello deba ser. Obtener sin querer obtener, esa es la esencia. No hay que tener prisa, sólo hay que tener constancia en la práctica del zazén y no obsesionarse por desear alcanzar algo. Ni buena salud, ni calma mental, ¡ni mucho menos convertirse en Buda! Querer cambiar es una finalidad, y si entonces aparece una dificultad, te bloqueas y te separas del camino. “Si existe una fisura, por muy fina que ésta sea, será como el vacío existente entre cielo y tierra”, dice Dogén.

Si quieres comprender real y profundamente, hay que practicar con espíritu mushotoku, no hay que tener ningún objetivo. Sólo sentarse, concentrado en el aquí y ahora. Nada más.

Mushotoku


COMO LLEVAR A TÉRMINO LA PRÁCTICA


Zazén se puede practicar individualmente o colectivamente, en casa o en un espacio debidamente adecuado para ello. También se puede alternar entre el hogar y un centro Zen. Todo depende de las circunstancias de cada uno. El lugar no debe ser nunca un obstáculo si se quiere practicar. Lo recomendable es hace zazén colectivamente y en un centro ya que, por un lado, la práctica no decae en malas posturas o actitudes y, por otra lado, la energía de todos los presentes fluye e influencia positivamente a todos y hace que los efectos del zazén sean más poderosos sobre nosotros. Es muy positivo, por ejemplo, hacer una meditación, ni que sea de 15 minutos, antes de empezar nuestra actividad diaria. Nos despejará la mente. Y también aporta efectos beneficiosos realiza una práctica al finalizar el día: apacigua la mente antes de nuestro descanso diario.

En los monasterios Zen tradicionales del Japón existe un edificio llamado sodo [sala de monjes] en la que los monjes practican zazén, comen e incluso duermen sobre el mismo lugar del tatami que tienen asignado para meditar. En occidente, lo más usual, además del propio hogar, es que la práctica se lleve a término en un centro Zen que disponga de un dojo, literalmente el "lugar del despertar", o zendo, “lugar del zen”, y que no es otra cosa que una sala debidamente adecuada donde practicar zazén.

En un dojo Zen de la escuela Soto veremos en el centro el honzón o altar, donde se suele situar una imagen del Buda, un incensario, un jarrón con flores y una vela. El Buda representa al hombre histórico que hace 2.550 años alcanzó la iluminación mediante la meditación sentada y nos mostró el camino a seguir. Es el maestro por excelencia. Y aunque su enseñanza es nuestra guía, su imagen no es objeto de adoración sino que únicamente honramos su memoria a través de ella. El incienso ayuda a armonizar los olores del ambiente, las flores nos recuerdan la existencia del momento presente, todo tiene un principio cuando florece, pero también tiene un final, cuando se marchita, y la vela nos recuerda que ésta es la vía de la iluminación.

Los practicantes se sitúan en los laterales alrededor del honzón. Todos los que puedan por su condición física se sientan sobre un zafu [cojín redondo, grueso, relleno de miraguano o de cáscaras de semilla] que se emplaza sobre un zabutón, una alfombrilla acolchada o una manta doblada que protegerá nuestras piernas y pies de la dureza del suelo. El zafu será nuestra herramienta de meditación, aquella que nos permitirá la realización de la postura. Quien esté impedido puede sentarse en una silla sin apoyarse en el respaldo. Este es un camino de esfuerzo, no de mortificación, hay que tener eso siempre presente. Y en un extremo, normalmente cerca de la entrada, se hallará el puesto del godo, que es quien dirige la meditación, y que puede ser tanto un monje como un laico con cierta práctica. La luz de la sala será suave en lo posible.

También, por tradición, y con objeto de armonizarnos con todos los practicantes, es aconsejable hacer uso de ropas cómodas y holgadas, y preferiblemente de color neutro o negro. El practicante habitual suele vestir un kimono largo de color negro o ceniza, según las tradiciones. Evitar colores estridentes en nuestro entorno también evitará una dispersión de nuestra mirada, puesto que la meditación se lleva a término con los ojos entornados. Tampoco llevaremos pulseras ni objetos que hagan ruido al menor movimiento [¡enmudeceremos el móvil!], ni un perfume que pueda distraer el olfato de nuestro vecino. En zazén el respeto por la práctica de los demás es esencial.

En el hogar, de todo ello haremos sus más o sus menos, como es lógico, según las posibilidades y los gustos decorativos de cada cual, aunque siempre buscaremos crear para nuestra meditación una atmósfera de sosiego ni que sea encendiendo una simple barrita de incienso.

Si la práctica la llevamos a término en casa y no se dispone de zafu se puede usar un cojín algo duro que nos pueda mantener algo elevados del suelo. Por lo general, una altura de unos 10-12 cm será lo más adecuado. Nuestra práctica dirá si necesitamos mayor o menor elevación de nuestros glúteos a fin de que las piernas y la columna puedan mantenerse en una buena posición.

No detallaremos aquí los pormenores más o menos ritualizados que se llevan a término en un dojo. Cuando vayamos a practicar a un dojo se nos enseñará adecuadamente y sin ningún problema los reducidos ritos y los movimientos que se llevan a término antes, durante y después de la meditación. Sólo hay que tener presente que en el dojo, todo movimiento que realicemos se dirige a recordarnos el momento presente, dónde estamos y qué estamos haciendo, aquí y ahora.

Al entrar en el dojo

Al llegar al centro zen, nos vestiremos con una ropa cómoda y dejaremos ordenada la que traemos puesta de la calle, cogeremos nuestro zafu y zabutón e ingresaremos en el dojo. Entraremos en la sala con el pie izquierdo. Tranquilamente, nos dirigiremos al altar, ante el cual haremos una inclinación de respeto, y nos dirigiremos a nuestro rincón preferido para meditar. Lo haremos rodeando el altar siempre en sentido izquierda-derecha, siguiendo el movimiento solar o de las agujas del reloj.

En el Zen Soto se medita de cara a la pared. Esto es así desde época remota. La razones pueden ser varias, quizá la más adecuada sea que esa postura favorece una menor distracción respecto a lo que nos rodea, ya que se medita con los ojos abiertos. Y, en todo caso, una meditación frente a una pared no deja de ser un diálogo con uno mismo. La tradición señala a Bodhidharma (siglo V dC), el vigésimo octavo patriarca budista indio en la sucesión de Buda, como el introductor en China del Dhyanna, la meditación Zen que conocemos en la actualidad. Dice la leyenda que Bodhidharma meditó nueve años seguidos en el fondo de una cueva situada a no muy lejana distancia del no menos legendario monasterio chino de Shaolín, y que su sombra todavía se aprecia en la piedra.
Así pues, cuando lleguemos a nuestro sitio, nos pondremos de cara a la pared, dispondremos el zabutón y encima el zafu. Haremos una salutación [gasshó] a nuestro lugar de meditación que, para nosotros, será lo más sagrado pues será donde realizaremos nuestra experiencia, y girando hacia el centro de la sala haremos gasshó a modo de saludo respetuoso hacia todos los que nos acompañan. Entrando por la izquierda, nos sentaremos en el zafu frente al muro.

La postura de gasshó también deriva directamente de la tradición india, concretamente del mudra denominado añjali, muy usual en todo oriente a modo de saludo respetuoso. Se realiza con las manos juntas, las puntas de los dedos a la altura de nuestra nariz, los brazos horizontales, e inclinándonos hacia adelante por unos instantes en esa postura. 

Dos meditaciones sentadas y una andando

Normalmente, un zazén consta de dos partes. Habitualmente suele durar en total entre una hora u hora y media, según asigne el godo o sea el acuerdo entre los miembros del centro. Al llegar al ecuador de la meditación, se lleva a término una meditación andando o kin hin. La meditación que se efectúa mientras se anda ya se realizaba en tiempos de Buda. Su sentido es el mismo que la meditación sentada, sólo que al andar nos ayudará a desentumecer las piernas y a renovar nuestro estado de concentración.

Una vez de pie, situados alrededor del altar, iniciaremos un caminar lento. De medio paso en medio paso, alternativamente. La columna erguida, la nuca estirada, y los ojos semicerrados, con la mirada puesta a un metro de distancia nuestro. Las manos se sitúan en una postura concreta: la mano izquierda encierra su pulgar en el puño, apoyándose en el pecho, en la zona de plexo solar [donde finaliza el esternón], y la mano derecha envuelve el puño izquierdo por su parte superior. Los brazos están horizontales, relajados.

Hacemos una o dos respiraciones iniciales y cuando estamos preparados, avanzamos medio paso el pie derecho. Cuando avanzamos, espiramos el aire y basculamos levemente el cuerpo sobre la pierna que avanza, apretando el suelo con la base del dedo gordo, ayudando así a desentumecer la pierna. Inspiraremos una o dos veces sobre el sitio, y al espirar, avanzaremos otro medio paso el pie izquierdo mientras expulsamos el aire. Y así haremos, lentamente. No hay que correr. Estamos meditando andando. No hay un objetivo al que llegar. El kin hin suele durar de 5 a 10 minutos. Pasado este tiempo, nos sentaremos de nuevo para la segunda parte de la meditación.

En nuestro hogar, si hemos decidido hacer una meditación larga, conviene hacer también kin hin. Tras la primera meditación y el kin hin experimentaremos por lo general un estado de concentración mayor.

Para la segunda parte de la meditación, todo es igual que en la primera parte. Transcurrido el tiempo convenido, porque todo tiene un comienzo y tiene un fin, esa es otra de las enseñanzas que hay que tener presente en zazén, se dará finalización a la meditación. Haremos gasshó, nos levantaremos cautelosamente de nuestro sitio, recogeremos zafu y zabutón y, tranquilamente saldremos de la sala. Y aquí habrá terminado nuestra meditación.

Con objeto de saborear mejor esos momentos de quietud y calma interior que hemos tenido en zazén, al salir de la sala de meditación mantendremos una actitud tranquila, cambiándonos en silencio o hablando en voz baja. En el dojo cada gesto debe ser consciente, vivido. Y es a través de la regla tradicional vivida como el Zen es creación continua, en el dojo y en nuestra vida cotidiana.

Todo esto que ha sido descrito es lo esencial de la práctica de zazén. Pueden tener lugar otros rituales o detalles, pero ya dependerá de las instrucciones del godo o de la costumbre del dojo en particular. Por ejemplo, la realización de sampai, las tres prosternaciones ante el Buda; el toque del han, el gong de madera, que al inicio sirve para convocar a la comunidad al zazén, y al final para anunciar que éste ha finalizado; al toque de keisú, el gong de hierro o bronce con forma de cuenco; a los toques de la campanilla para indicar cuando se inicia zazén, cuando el kin hin, o cuando termina zazén; o el canto de sutras a la finalización del zazén. Todo ello se enseñará en modo y en forma en un dojo y no hace falta detallarlo aquí.

En todo caso reseñaré que, de todos los sutras que se suelen cantar, el más significativo y más popular en el Zen es el Sutra de la Perfección de la Gran Sabiduría [en japonés, Maka Hannya Haramita Shingyo] que, más que un canto religioso es un canto filosófico. Su canto, mediante respiración ventral, es de hecho una práctica más de la meditación [su letra y su transcripción fonética tal cual se canta se puede ver en el apartado Sutras Zen de este Blog].

Asimismo, en la mayor parte de los dojos se aplica el kyosaku, que es un golpe seco que el godo, o en quien delegue, administra a los practicantes a uno y otro lado de la espalda con el fin de ayudar a la meditación. El golpe de kyosaku, que en ningún caso es un castigo, se administra con un bastón plano del mismo nombre, razón por la cual se le denomina como “el brazo de Buda”. El golpe “despeja” una mente tanto decaída como una excesivamente inquieta, a la vez que ayuda a relajar la espalda tras ya varios minutos de meditación ya que incide en un punto específico de acupuntura. En todo caso, el kyosaku se recibe de forma voluntaria y debe ser administrado mediante una fuerza justa, ni excesivamente fuerte ni demasiado suave, la que precise el practicante.



POSICIONES DE LAS MANOS

Gasshó, manera de saludo
Mudra de meditación, posición de las manos durante la meditación

KIN-HIN (postura andando)



Kin hin, posición de manos durante
la meditación andando y movimiento de los pies


POSICION SENTADA

Postura del cuerpo

El zafu, el cojín de zazén reposando
sobre una alfombrilla o zabutón

Postura del loto

Postura de medio loto
Postura birmana o del descanso
Meditación seiza en banquillo
Meditación en silla

Esquema de una sala de meditación o dojo



RECOMENDACIONES PARA LA PRÁCTICA


La postura de Zazén es muy importante en sí misma, ya se ha dicho y repetido, y no es sólo cuestión de postura sino también de actitud. Por tanto, hay que evitar sentarse en zazén cuando no se haya dormido suficiente, cuando uno se encuentre físicamente cansado o, en todo caso, cuando se haya comido o bebido en exceso. Dice Deshimaru: “¿Cuál es la esencia del zazén? Solamente la postura, la respiración, y la actitud del espíritu. Todos los gestos de la vida cotidiana se vuelven Zen. Pero la fuente, el origen, es solamente sentarse”.

Cuando queramos ir a meditar a un dojo Zen lo óptimo es poder llegar con varios minutos de antelación. Normalmente llegamos a los sitios bajo el influjo de nuestra reciente agitación (el tráfico, el metro, el trabajo, los hijos….), y así ayudaremos a tranquilizarnos un poco al iniciar el zazén a la hora convenida. La práctica del zazén tiene un tiempo de inicio y otro de finalización. Zazén es meditación, no evasión. Una vez se termina, sigue nuestra vida cotidiana. Así mismo, una vez que el zazén ha comenzado, nadie debe entrar o salir del dojo.

En zazén nadie se mueve, menos cuando se hace kin hin. ¿Y qué pasa si uno tiene que moverse por qué le duelen mucho las piernas o está resfriado y le cae el moco? No pasa nada. Con absoluta normalidad, uno se mueve si tiene que moverse, aunque hay que esforzarse por no hacerlo. Forma parte de nuestra propia disciplina y, además moviéndonos, molestamos a los que están sentados cerca de nosotros. Si hay que moverse, se hace gasshó, a modo de disculpa, se cambia de postura o lo que sea, se vuelve a hacer gasshó y uno se queda quieto en la nueva posición. Cambiar de posición no es garantía de aumentar o recuperar nuestro bienestar, ya que veces todavía vamos a incrementar más un posible dolor de piernas, por ejemplo, por lo que siempre es aconsejable dejar pasar ese dolor, ese escozor o esas cosquillas tal como hacemos con los pensamientos.

“Detén las palabras, detén el pensamiento y no habrá nada que no puedas entender”.
Kanchí Sosán, Shinjinmei



Enso, el anillo del Zen,
sín principio, sín fin



EPÍLOGO


“No juzgues la inmensidad del cielo observándolo por el hueco de una caña”.
Yoka Daishi, Shodoka


Debes tener confianza en ti mismo. Cada uno tiene su karma, pero con la práctica del zazén el karma se modifica y mejora. Y así, purificando el karma en zazén, se puede hallar la auténtica originalidad propia ya que tu verdadero yo se hace fuerte y, al mismo tiempo, abandonas tu egoísmo. Ese camino incrementa tu felicidad y, por tanto, la de tu entorno.

La postura del cuerpo es simple y exacta. Estamos silenciosos y la mente se halla más allá del pensamiento. El mal karma desaparece. En zazén dejamos pasar los pensamientos, las ilusiones… y desaparecen. El zazén ventila nuestro cerebro y eso nos va haciendo distintos. Cuando reposamos los pensamientos surge la gran sabiduría. Pensar sin pensar, así se realiza el cambio en nuestra mente. Así se opera el cambio interior. Esa luz que siempre ha enfocado al exterior para buscar y lograr lo deseado, gira e ilumina nuestro interior. No busca más, pero halla.

“El silencio es un buen karma”, dice el maestro Deshimaru. Hablamos sin parar. A menudo demasiado, y no siempre en positivo. Acostumbrarse a tener cerrada la boca es crear un buen karma. Por eso la meditación es tan efectiva. Se para el habla. Se frena la visión. Se desoye lo que llega a los oídos. No se mueve, no se toca. Se amortigua el transcurrir encabritado de los pensamientos. Decía un maestro zen que nuestros pensamientos son como monos saltando de árbol en árbol en la selva, como caballos salvajes corriendo desparramados por una gran pradera. Así es una mente pensante, que se hace preguntas y se da respuestas sin cesar, que juzga, que categoriza entre Bueno y Malo y así, de manera indefinida, no para de construir sufrimiento.

Las dualidades no son permanentes. Son intercambiables. El mal puede convertirse en un bien. Algo bueno o bienintencionado puede ser dañino. Una desgracia puede conducir a la felicidad, y la felicidad a la desgracia. “En la luz hay oscuridad. En la oscuridad hay claridad”, dice el poema del Sandokai. Hay que saber observar lo que ilumina nuestra luz interior.

Hay en el Zen una historia que cuenta que una vez hubo en Japón dos maestros budistas. Uno era estricto en guardar los preceptos del Buda, ni bebía alcohol ni comía pasadas las once de la mañana. El otro era justamente lo contrario. Cuando tenía hambre, comía, cuando tenía sueño, dormía. Un día el primero visitó al segundo, y éste le ofreció una taza de sake a modo de hospitalidad. “¡Nunca bebo!”, le espetó el invitado con vehemencia. “Alguien que no bebe no es ni siquiera humano”, le dijo el otro. “¿Me llamas inhumano por qué no transijo tomar una bebida embriagante? ¿Si no soy humano, qué soy?”. “Un buda”, le respondió. ¿Qué hay que hacer en la vida cotidiana? Lo que hay que hacer: trabajar, estudiar, hacer el amor, hacer deporte, hacer pipí… Si las ilusiones y los apegos nos impiden progresar en la vía, hay que esforzarse en zazén. Y si el querer ser Buda se nos presenta como un obstáculo, ¡quema el Buda! Decía un maestro. No hay que pretender ser lo que no se es. Hay que ser lo que se es.

Tan sólo hay que concentrarse en la postura y en la respiración. No hay que pensar ni en lo que hemos dejado tras la puerta antes de ponernos a meditar, ni en lo que nos gustaría conseguir. Nada que conseguir. Concentrados en el aquí y ahora será nuestra guía en la vida cotidiana: concentrados cuando comemos, cuando trabajamos, cuando nos lavamos, cuando hablamos con nuestros amigos o nuestros hijos. Insisto: ese aquí y ahora es nuestra felicidad.

Es evidente que en la vida cotidiana hay que fijarse algún objetivo, ¡ni que sea para nuestra subsistencia! Nada hay de malo en esforzarse en trabajar para poderse comprar un coche, ¡faltaría más! Lo que está en duda es si ese coche es un medio que nos facilita la vida o nos tiene que servir únicamente para aparentar más, para fanfarronear ante los demás o para destrozar todavía más el medio ambiente. “En la búsqueda de la Vía, para comprender la verdad, no hay que escoger. En la vida cotidiana, lo importe es saber elegir”, escribió el maestro Deshimaru. Hay que saber usar la sabiduría.

Ideales sí, pero hay que saber luchar por ellos. El mayor de todos ellos es mushotoku, sin finalidad, sólo por qué es lo que se debe hacer, por qué es lo que nos dice nuestra conciencia.


“El Caminante de la Vía, inmóvil, más allá de la filosofía, no evita las ilusiones ni busca la verdad”.
Yoka Daishi, Shodoka




Do, la Vía



Textos extraídos del libro

¡Meditad! Una respuesta espiritual a la crisis material actual
Josep Manuel Campillo

Editorial José J. De Olañeta
Palma de Mallorca, 2011
ISBN 978-84-9716-761-1